Aquella
tarde, poco antes del anochecer, los pequeños consiguieron por fin
encontrar la casita de chocolate y dulces siguiendo las indicaciones de
los árboles color tierra, tal y como rezaba la leyenda. Y cuando la
tuvieron ante ellos, tan cerca que podían olerla, sus ojillos traviesos
brillaron con los últimos rayos de sol, y sus sonrisas llenas de
diminutos dientes decoraron sus alegres rostros.
Y
allí se quedaron. Y comieron y comieron: mordiendo, lamiendo y tragando
entre juegos y risas. Ella esperaba que consiguieran saciarse antes de
demoler todo su hogar, pero parecía que el ansia de los menudos
monstruos no tenía límite.
Cuando
la encontraron llevaban ya horas engullendo sin parar, como pequeñas
larvas hambrientas y desordenadas. No pudo saber cuántos eran, pues ya
no quedaba luz suficiente para distinguir sus glotonas caritas. Apenas
tuvo tiempo para emitir un gemido de terror, ahogado por el enjambre
cuando se abalanzó sobre ella. Aquel hambre no tenía límites.
La
devoraron deprisa, afortunadamente, y no tuvo mucho tiempo para darle
vueltas a la situación. Aunque si el suficiente para percatarse de que,
posiblemente, debió haber hecho caso a su madre y construir su casa de
madera y piedra, con una buena cerradura de forja como una bruja normal y
decente. Por ser creativa había acabado siendo el relleno de su propio
pastel.
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